¿SER MASÓN ES ALGO ANTICUADO?

En la actualidad ser masón tiene el mismo sentido que lo tuvo hace tres siglos, solo que adaptado a los tiempos actuales.

 

Hoy en día, la masonería sigue teniendo esa función de antaño de centro de unión, de ámbito capaz de acoger a todos los ciudadanos que buscan directamente la Luz sin distinción de origen, de credo o de lengua y que puede ayudar a descubrirse y a reconocerse mutuamente como hermanos.

En una sociedad como la actual, dogmática, mediática y condicionada, la logia es uno de los pocos espacios que permiten la búsqueda de una verdad, de una razón, pero de la verdad de cada uno; de una verdad como mínimo, no condicionada, no dogmática, no estratificada por determinados complejos de poder, sino todo lo contrario. Esa sería la verdadera esencia del espacio masón, que constituye la unidad de una serie de personas libres en busca de la luz de la razón que permita construir, si se prefiere decirlo así, un nuevo "poder", el poder de la razón, de la lógica, de la justicia, y de la solidaridad.

En muchos sitios la gente va a hacer preguntas para recibir respuestas, o se compra manuales de autoayuda, pero en una logia se realiza un trabajo de construcción; no hay alguien que hace preguntas y otro que da respuestas, sino que todo el mundo ensaya pulir su propia piedra bruta a fin de poder aportar alguna cosa a la construcción del edificio común de la humanidad, pero sin ninguna pretensión de que su aportación sea definitiva, verdadera u obligatoria, entregándola, simplemente como un avance que contrasta con los avances de los demás.

 

Pero la masonería no es solo un espacio en el que se puede reflexionar, es dos cosas a la vez y no puede dejar de ser ninguna de las dos si quiere seguir siendo masonería. Es una sociedad de pensamiento pero también una Orden Iniciática, por tanto es una institución que, con las herramientas de la tradición -de los constructores de catedrales-, busca en la libre interpretación de los símbolos una vía de crecimiento personal, que se plasma gráficamente en la existencia de los tres grados simbólicos - aperndiz, compañero y maestro-, que marcan ese camino individual.

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